Trekancia
vende castañas en la Luna. Las vende bien frías ya que, como no hay
oxigeno en la Luna, no puede encender ningún fuego. Vende sus
castañas en un pequeño cráter por donde nunca pasa nadie. Su
trabajo es monótono y le genera un gran cansancio, ya que tiene que
vigilar que el bidón de castañas y ella misma no floten hacia
arriba.
Hace tiempo, oyó que moverse por la Luna se parecía a
nadar. Así que para familiarizarse con la falta de atmósfera repite
los lunes y miércoles este ejercicio: se tapa la nariz con los dedos
y pone la cabeza hacia abajo, como bajo el agua, contando hasta diez.
Hoy
es día uno de noviembre, Día de Todos los Santos. El espectro de un
astronauta ruso se acerca tambaleante hacia su puesto de castañas.
Al comprador le parece barato los 6 kópeks que la castañera le pide
por un cucurucho de castañas. Y paga con un rublo. A la castañera
se le congela la sonrisa en la cara, y tiene un instante de horror
cuando se da cuenta que no tiene cambio. Se lo comenta al astronauta
que, airado y creyendo que lo quieren estafar, devuelve el cucurucho
y se va. La castañera decide proceder de un modo reflexivo y cauto,
y seguir trabajando.
Debido
a la edad, no le sería fácil encontrar un nuevo empleo.
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