El relato "La invitación" lo escribí a partir de lo que aprendí en el fascículo número cuatro del curso de escritura creativa "El placer de escribir" de Planeta
deAgostini.
El fascículo cuatro se titulaba "Los narradores internos: narradores que son personajes".
El anunciado del ejercicio era el siguiente:
1. Escribe una escena en la que intervengan como mínimo dos personajes. Escríbela utilizando un narrador protagonista, metiéndote en la piel de uno de los personajes que protagoniza la escena. El texto deberá tener una extensión no mayor a los 2100 caracteres, contando espacios en blanco.
2. A continuación escribe una segunda versión de esa misma escena, pero utilizando un narrador testigo. Ya sabes que se trata de un personaje que, si protagonizar la escena, asiste a ella y por tanto puede contarla. Recuerda que el narrador testigo también puede conseguir la información necesaria para narrar la historia sin ser testigo ocular de ella. Este segundo texto también tendrá una extensión que no supere los 2100 caracteres, contando espacios en blanco.
En la versión A el narrador protagonista era la abuela Clementina, en la versión B el narrador testigo la madre del adolescente.
Las versiones de los dos narradores parecen contradictorias. La información total de lo que realmente pasó, la debe reconstruir el lector a partir de los dos narradores diferentes.
jueves, 10 de enero de 2013
La invitación
A) Nada me gusta más que invitar a desayunar a mis vecinos. Ya quedan pocos vivos de mi edad; me he ido acostumbrando a comer con la juventud. Hoy he convidado a David o Diego... los nombres me bailan. El joven se ha quedado con la boca abierta cuando ha visto mi hermoso mantel de hilo blanco, con dos platos y dos fuentes llenos de comida suculenta. Mejor empezar el día con la tripa llena, como hacíamos antes. Le he preparado mi receta estrella: lentejas con tocino.
En las bandejas he servido fuet del bueno, bien seco con pan de payés untado con tomate de rama. Denís, Damián... bueno, el chico se ha deleitado tanto con la comida que le he visto cerrar los ojos de placer. Aunque come como un pajarito. El muchacho ha sido tan amable que hasta me ha revisado el grifo de la cocina que goteaba. Le he dicho que vuelva cuando quiera.
B)La abuela Clementina ha venido esta mañana para invitarnos a desayunar en su casa. He mandado al niño, a Darío, que cumplió dieciséis años el mes pasado, para que por lo menos haga algo de provecho; que no hace más que mandar mensajes por el móvil y ha suspendido tres asignaturas. No es pariente nuestra, pero siempre la he llamado abuela, abuela Clementina. El niño ha vuelto refunfuñando y me ha gritado que nunca más va a volver a la casa de esa mujer. Por lo visto, la abuela Clementina ha puesto sobre un mantel amarillento y viejo, dos platos con los bordes mellados y dos bandejas del año del catapum. En los platos había un estofado de lentejas lleno de bichitos flotando. Y en las bandejas había un fuet tan seco y reverdecido como un tronco. También había pan mohoso. El niño no se ha atrevido a levantarse de la mesa, por si la abuela le montaba un escándalo. Así que ha hecho como que comía. Dice que nunca había pasado tanto asco. Y a la que ha podido ha volado a escupir todo en el fregadero de la cocina. Resulta que después ha girado los mandos del grifo y las cañerías han rechinado, pero no ha salido ni una sola gota de agua. En ese momento ha entrado la abuela Clementina en la cocina y el niño le ha soltado la bola de que le estaba reparando el grifo. Ella se lo ha creído, tan tranquila. Pero cuando ha salido de la cocina, Darío ha abierto el armario de la despensa porque olía una peste rara. Toda la comida estaba semi-podrida y las latas oxidadas.
Ha cerrado las puertas y ha intentado escapar a toda prisa. Pero la abuela Clementina se ha dado cuenta de que salía por la puerta de la calle y se ha apresurado a comentarle que volviera cuando quisiera. Esta semana hablaremos con los servicios sociales para que la cuide una enfermera en casa. Si nadie pone remedio y la abuela Clementina sigue alimentándose de estas porquerías, enfermará.
Etiquetas:
Cuento,
Cuento de Liseydeoz,
El placer de escribir,
Escritura creativa,
Multiperspectivismo,
Narrador protagonista,
Narrador testigo,
Percepción
miércoles, 9 de enero de 2013
Espejito, Espejito (Almudena Grandes)
Durante las primeras semanas, ni siquiera tuvo fuerzas para mirarse, así que se vio horrorosa, sin más, en aquel y en todos los demás. Hasta que se aburrió de sentirse vieja, fea, gorda, y de comprarse cada día, al volver del trabajo, dos bolsas de patatas fritas para zampárselas con una botella gigante de Coca-Cola mientras veía telefilmes espantosos tirada en el sofá. Sólo después empezó a abrir cajas, a colgar su ropa en el armario, a llenar de libros las estanterías, hasta que una tarde, le cogió el teléfono a su amiga más leal, la que no se había estado acostando con su marido durante más de dos años mientras lo ponía a parir a la menor ocasión, chica, yo no sé cómo lo aguantas, yo que tú me separaba pero ya, porque arrastrar una historia fracasada, vivir en una mentira, qué necesidad tienes tú, con lo que vales, déjale, hazme caso... A veces pensaba que la perfecta hipocresía de aquella campaña feroz e incesante era lo que más le dolía. Otras veces le dolía más, simplemente, que él la hubiera dejado por una mujer así. Lo más frecuente era que ni siquiera pudiera decidir qué le dolía más, pero en cualquier caso, cuando se sintió con fuerzas para hablar, se refugió en la única mejor amiga que le quedaba y, tras largas semanas de conversaciones nocturnas, una tarde volvió a arreglarse para salir a cenar. Entonces sucedió.
Había comprado aquel armario sin pensar, porque en el piso de alquiler al que se había mudado no había ninguno, porque se ajustaba a las medidas de la única pared del dormitorio donde podía colocarlo, porque era muy alto y necesitaba espacio, nada más. Cuando lo abrió para escoger un pantalón y un jersey del único color que entonaba con su espíritu, no esperaba sorpresas. Con muchos menos motivos se había vestido de negro muchas veces, y estaba segura de que su aspecto no la sorprendería. Se equivocó. A despecho de las toneladas de patatas fritas y los envases familiares de refresco azucarado en los que se había basado su alimentación de los últimos meses, el espejo empotrado en la puerta central de aquel armario le devolvió una imagen tan extraordinariamente estilizada de sí misma que apenas logró reconocerse en ella. No puede ser, se dijo, no puede ser, mientras estudiaba aquella imagen alargada y ajena, las piernas tan largas, tan frágiles como las de una Virgen de El Greco, el vientre liso, esas caderas escurridas que no podían ser suyas, y que sin embargo mostraban dos manos que se posaban en ellas cuando ella misma enviaba sus propias manos a tocar sus propias caderas. No puede ser, insistió, y sin embargo era. Después de perder diez minutos intentando descubrir el truco, la trampa benévola de aquel espejo al que no logró despistar ni confundir por un momento, se resignó al esplendor de su propio aspecto y salió a la calle.
¿Cómo me ves?, le preguntó a su amiga como si le disparara con una pistola, antes incluso de besarla. Ella le contestó que bien, muy guapa. ¿Pero tú dirías que he adelgazado? A lo mejor, fue la respuesta, desde luego no has engordado... En aquel punto se detuvo. Tampoco se atrevió a contarle la verdad, porque temió que su amiga pensara que se había vuelto loca. Y sin embargo habló, habló mucho, se lo contó todo, y lloró un poco al principio, pero todavía se rió más al final, cuando el solitario ocupante de la mesa de al lado le envió al camarero con una botella de champán después de pasar toda la cena mirándola. ¡Qué horror, qué hortera!, le dijo a su amiga, pero le sentó bien, mejor de lo que habría llegado a suponer, aunque se limitó a darle las gracias con un gesto de la cabeza antes de marcharse.
Llegó a casa muy tarde, pero volvió a pasar un buen rato delante del espejo del armario, mirándose de frente, de perfil, sentada, de pie, quieta y en movimiento, antes de acostarse. Durmió de un tirón, y por la mañana repitió la operación desnuda, hasta concluir que su aspecto no habría decepcionado a su admirador de la noche anterior. Pero tuvo que ir al baño, lavarse la cara, los dientes, ponerse crema hidratante, y la imagen que contempló sobre el lavabo le gustó mucho menos. ¡Qué raro!, se dijo, ¿y en este por qué estoy tan fea? Era un espejo más pequeño y perfectamente cuadrado, pero cuando tenía la respuesta en la punta de la lengua decidió que no quería saber nada. Por eso, nada más llegar a la oficina, descolgó el teléfono, pidió que la pusieran con la sección de muebles y le explicó al dependiente exactamente lo que quería, un espejo de la misma calidad y las mismas proporciones que el del armario que había comprado unos meses antes. Y el que tiene, le preguntó él, ¿quiere que se lo retiremos? Pues sí, por favor, porque está roto...
Al salir del trabajó, entró en una ferretería y compró un martillo.
Cuando llegó a casa, lo estrelló contra el espejo del baño y sonrió.
Ficha del cuento
Título: Espejito, espejito...
Autora: Almudena Grandes
Publicado en: la columna "Escalera Interior" de El País Semanal
Fecha: Domingo 2012 (¿en el mes de febrero?)
Había comprado aquel armario sin pensar, porque en el piso de alquiler al que se había mudado no había ninguno, porque se ajustaba a las medidas de la única pared del dormitorio donde podía colocarlo, porque era muy alto y necesitaba espacio, nada más. Cuando lo abrió para escoger un pantalón y un jersey del único color que entonaba con su espíritu, no esperaba sorpresas. Con muchos menos motivos se había vestido de negro muchas veces, y estaba segura de que su aspecto no la sorprendería. Se equivocó. A despecho de las toneladas de patatas fritas y los envases familiares de refresco azucarado en los que se había basado su alimentación de los últimos meses, el espejo empotrado en la puerta central de aquel armario le devolvió una imagen tan extraordinariamente estilizada de sí misma que apenas logró reconocerse en ella. No puede ser, se dijo, no puede ser, mientras estudiaba aquella imagen alargada y ajena, las piernas tan largas, tan frágiles como las de una Virgen de El Greco, el vientre liso, esas caderas escurridas que no podían ser suyas, y que sin embargo mostraban dos manos que se posaban en ellas cuando ella misma enviaba sus propias manos a tocar sus propias caderas. No puede ser, insistió, y sin embargo era. Después de perder diez minutos intentando descubrir el truco, la trampa benévola de aquel espejo al que no logró despistar ni confundir por un momento, se resignó al esplendor de su propio aspecto y salió a la calle.
¿Cómo me ves?, le preguntó a su amiga como si le disparara con una pistola, antes incluso de besarla. Ella le contestó que bien, muy guapa. ¿Pero tú dirías que he adelgazado? A lo mejor, fue la respuesta, desde luego no has engordado... En aquel punto se detuvo. Tampoco se atrevió a contarle la verdad, porque temió que su amiga pensara que se había vuelto loca. Y sin embargo habló, habló mucho, se lo contó todo, y lloró un poco al principio, pero todavía se rió más al final, cuando el solitario ocupante de la mesa de al lado le envió al camarero con una botella de champán después de pasar toda la cena mirándola. ¡Qué horror, qué hortera!, le dijo a su amiga, pero le sentó bien, mejor de lo que habría llegado a suponer, aunque se limitó a darle las gracias con un gesto de la cabeza antes de marcharse.
Llegó a casa muy tarde, pero volvió a pasar un buen rato delante del espejo del armario, mirándose de frente, de perfil, sentada, de pie, quieta y en movimiento, antes de acostarse. Durmió de un tirón, y por la mañana repitió la operación desnuda, hasta concluir que su aspecto no habría decepcionado a su admirador de la noche anterior. Pero tuvo que ir al baño, lavarse la cara, los dientes, ponerse crema hidratante, y la imagen que contempló sobre el lavabo le gustó mucho menos. ¡Qué raro!, se dijo, ¿y en este por qué estoy tan fea? Era un espejo más pequeño y perfectamente cuadrado, pero cuando tenía la respuesta en la punta de la lengua decidió que no quería saber nada. Por eso, nada más llegar a la oficina, descolgó el teléfono, pidió que la pusieran con la sección de muebles y le explicó al dependiente exactamente lo que quería, un espejo de la misma calidad y las mismas proporciones que el del armario que había comprado unos meses antes. Y el que tiene, le preguntó él, ¿quiere que se lo retiremos? Pues sí, por favor, porque está roto...
Al salir del trabajó, entró en una ferretería y compró un martillo.
Cuando llegó a casa, lo estrelló contra el espejo del baño y sonrió.
Ficha del cuento
Título: Espejito, espejito...
Autora: Almudena Grandes
Publicado en: la columna "Escalera Interior" de El País Semanal
Fecha: Domingo 2012 (¿en el mes de febrero?)
martes, 8 de enero de 2013
Voces orales y escritas de los personajes
El relato "Síndrome de Estocolmo Interrumpido" lo escribí atendiendo a los conocimientos recibidos en el fascículo número seis
del curso de escritura creativa "El placer de escribir" de Planeta
deAgostini.
El fascículo seis se titulaba "Voces orales y escritas de los personajes"-
El anunciado del ejercicio era el siguiente:
Sitúa a tu personaje en un momento crítico. Algo que lo empuje a tomar una decisión de " ahora o nunca". Elige solo una de estas posibilidades:
- Un diálogo entre tu personaje y el o los individuos que lo acompañan en la escena
- Un soliloquio en el que el personaje exteriorice sus emociones, recordando aquel momento.
- Una entrada en su diario íntimo sobre esa escena, con el estilo de escritura que el personaje emplearía.
- Un fragmento de sus memorias, en el que el personaje rememore aquel momento, ocurrido hace ya años.
Elegí como personaje protagonista a un humano que cansado del acoso zombi se rinde a la horda mentalmente, aunque físicamente no pierde su humanidad: no es un infectado, ni está muerto.
Preferí escribir dos entradas en su diario íntimo que están a medio camino de diario íntimo y soliloquio.
Para escribir este relato me inspiré en el libro de Sergi Llauger Diario de un zombi; aunque en el libro de Sergi LLauger el protagonista sí es un zombi transformado físicamente que mentalmente no ha perdido capacidades humanas como pensar con cierta lógica, etc. A mi protagonista le pasó justo al revés.
El fascículo seis se titulaba "Voces orales y escritas de los personajes"-
El anunciado del ejercicio era el siguiente:
Sitúa a tu personaje en un momento crítico. Algo que lo empuje a tomar una decisión de " ahora o nunca". Elige solo una de estas posibilidades:
- Un diálogo entre tu personaje y el o los individuos que lo acompañan en la escena
- Un soliloquio en el que el personaje exteriorice sus emociones, recordando aquel momento.
- Una entrada en su diario íntimo sobre esa escena, con el estilo de escritura que el personaje emplearía.
- Un fragmento de sus memorias, en el que el personaje rememore aquel momento, ocurrido hace ya años.
Elegí como personaje protagonista a un humano que cansado del acoso zombi se rinde a la horda mentalmente, aunque físicamente no pierde su humanidad: no es un infectado, ni está muerto.
Preferí escribir dos entradas en su diario íntimo que están a medio camino de diario íntimo y soliloquio.
Para escribir este relato me inspiré en el libro de Sergi Llauger Diario de un zombi; aunque en el libro de Sergi LLauger el protagonista sí es un zombi transformado físicamente que mentalmente no ha perdido capacidades humanas como pensar con cierta lógica, etc. A mi protagonista le pasó justo al revés.
Síndrome de Estocolmo Interrumpido
1
de Febrero de 2065
Recuerdo
que…hoy…he ido…voy…Voy con la manada…Como siempre no me
dejan caminar tranquilo, se cruzan, hacen que tropiece… me
pisan…¿Duele? No… no siento los pies descalzos. Tampoco el
frío… en este cuerpo des-nu-do.
Soy
un caminante…ellos nunca me mordieron, ni estoy infectado, pero…no
reaccionan agresivamente conmigo, ni quieren comer mi carne.
¿Quién
fui? No- lo- sé. Las cosas anteriores… han pasado.
Ya
no huelo el hedor del caminante…mezcla de reptil con carne pasada
olvidada en un rincón de la nevera. Y ellos tampoco me huelen.
Mi
corazón no late fuerte cuando alguno me roza.
La hojarasca cruje a nuestro paso… Crish, crish, crish…
Nuestros
gemidos ahuyentan a todo ser vivo que habite el bosque.
No…hay…consciencia…más
allá de…nosotros mismos y de la CAZA.
7
de febrero de 2065
Casi
amanecía, cuando te hemos percibido. Un corazón pequeño de…¿seis
años?
Hueles
rancio; a miedo y a enfermedad…pulm-onía. Estás sola. Acurrucada.
Tiemblas.
La
manada se exalta, gime enloquecida y se enmaraña hacia ti. Quieren
apresar con sus garras el poco calor que queda en tu cuerpecito.
Si
no hago nada…acaba tu sufrimiento.
Pero…He
apartado a los otros caminantes a manotadas hasta…llegar donde
estabas y te he rodeado con mis brazos del color del lodo. Te has
vuelto invisible ante sus ojos entelados y sus fosas nasales
muertas… Han rehecho su curso.
Te
prometo que te cuidaré hasta que te valgas por ti misma. Pero
después me rendiré de nuevo al frío percibir de mi manada.
jueves, 3 de enero de 2013
Pensamientos de los personajes (II)
El relato "Shangrilá, Shangri-lá" nació de las enseñanzas recibidas en el fascículo número diez
del curso de escritura creativa "El placer de escribir" de Planeta
deAgostini.
El fascículo diez se titulaba "Una ventana mágica: cómo acceder al interior de la mente".
El anunciado del ejercicio era el siguiente:
1. Imagina un personaje acosado por un miedo atroz.(...) siempre que ese miedo condicione el resto de facetas de su vida actual.
2. O bien, construye un personaje invadido por un deseo desenfrenado (...) Procura que sea un deseo que al personaje le resulte difícil aplacar.
Ahora elige dos de las técnicas estudiadas en esta lección: el psicorrelato, la introspección, el análisis interior indirecto, el monólogo interior narrado o el monólogo interior directo.
Una vez escogidas, ahora sí, llegó el momento de crear. Con el sentimiento que has escogido -miedo o deseo- y el personaje que has ideado, escribe:
- Un primer texto en el que ejercites la primera de las técnicas que has elegido, cuya extensión no será mayor a los 2100 caracteres con espacios.
- En el segundo texto, también de 2100 caracteres con espacios como máximo, aplicarás la otra técnica.
Para escribir el relato "Shangrilá, Shangri-lá" construí un personaje invadido por un deseo desenfrenado y usé primero la técnica del psicorrelato y después el monólogo interior narrado.
El fascículo diez se titulaba "Una ventana mágica: cómo acceder al interior de la mente".
El anunciado del ejercicio era el siguiente:
1. Imagina un personaje acosado por un miedo atroz.(...) siempre que ese miedo condicione el resto de facetas de su vida actual.
2. O bien, construye un personaje invadido por un deseo desenfrenado (...) Procura que sea un deseo que al personaje le resulte difícil aplacar.
Ahora elige dos de las técnicas estudiadas en esta lección: el psicorrelato, la introspección, el análisis interior indirecto, el monólogo interior narrado o el monólogo interior directo.
Una vez escogidas, ahora sí, llegó el momento de crear. Con el sentimiento que has escogido -miedo o deseo- y el personaje que has ideado, escribe:
- Un primer texto en el que ejercites la primera de las técnicas que has elegido, cuya extensión no será mayor a los 2100 caracteres con espacios.
- En el segundo texto, también de 2100 caracteres con espacios como máximo, aplicarás la otra técnica.
Para escribir el relato "Shangrilá, Shangri-lá" construí un personaje invadido por un deseo desenfrenado y usé primero la técnica del psicorrelato y después el monólogo interior narrado.
Shangrilá, Shangri-la
1) Tenía un sitio preferido en el supermercado al que iba a hacer la compra semanal. Pasaba mucho rato por el pasillo de productos de belleza cuando tenía la moral por los suelos, concretamente por la estantería de tintes
De forma metódica cogía una caja de tinte miraba la imagen de la modelo con el pelo teñido y se imaginaba como le sentaría a ella. En su ensoñación la imagen tenía autonomía y se despegaba de la caja y le decía “te quedará bien”
o por el contrario “no te lo compres”.
El tinte Shangrilá que cubría las canas de un hermoso cobrizo intenso siempre le daba su aprobación.
Concha, que cuando se miraba en el espejo veía mucha carne de más en su cuerpo antes tan flaco, sabía que su fuerza residía en el pelo. Tenía treinta y uno; sin tinte aparentaba muchos más;
con Shangrilá parecería una estudiante universitaria de primer año.
Había un problema: no podía permitirse comprarlo. Y esa prohibición intrínseca le hacía desear con más ganas poseer Shangrilá. Casi sin darse cuenta, se veía escondiendo la caja bajo el abrigo.
Pero le horrorizaba imaginar las consecuencias como que le quitaran la custodia de Isabelita. Se sentía confundida. Deseaba que ese deseo irrefrenable se extinguiera por sí solo. Lo tenía al alcance de la mano y, sin embargo, tan lejos.
2) Shangrilá... Shangri-lá. La tierra de felicidad eterna lejos del mundo exterior.
Para el mundo estoy en paro y sin dinero ahorrado. Me tiembla la mano, pero lo voy a hacer. ¡No! Robar es pecado ante los ojos de Dios. Tengo que volver a la Iglesia. El domingo que viene voy a... ¡Bah! ¿De qué me servirá? Pero aunque lleve muchas capas de ropa, sospecharán. Van a ver el bulto bajo el abrigo y me dirán que pase a esa salita a donde llevan los ladrones. Además pitará. ¿Y si quito la pegatina?
Va a pitar igual, la máquina detecta tanto la presencia como la ausencia de pegatina.
¡Ay qué vergüenza! Lo voy a hacer...¡qué miedo! Ya lo tengo. Le quito la pegatina. Ando tan deprisa como puedo. Noto en la boca el sabor de la sal y el metal, me he mordido los labios. Me pillaran, me pillaran. No, no. La cajera me mira raro, tiene los labios pálidos. Me pregunta...¿qué me ha preguntado? ¡Dios, ayúdame! Me araño la cara, voy a llorar...Oh, ya comprendo lo que me dice. No, no tengo tarjeta.
Sí pagaré en efectivo. Sus ojos...los ojos de la cajera son vidriosos, parece estar soñando.
He conseguido llegar a la calle. Voy a girarme. La cajera me ha seguido con la vista, sabe lo que he hecho y no va a decir nada. Lloro, lloro de alegría; es lo más bonito que han hecho nunca por mí.
Se han usado dos técnicas: en la primera el psicorrelato y en la segunda el monólogo interior narrado.
De forma metódica cogía una caja de tinte miraba la imagen de la modelo con el pelo teñido y se imaginaba como le sentaría a ella. En su ensoñación la imagen tenía autonomía y se despegaba de la caja y le decía “te quedará bien”
o por el contrario “no te lo compres”.
El tinte Shangrilá que cubría las canas de un hermoso cobrizo intenso siempre le daba su aprobación.
Concha, que cuando se miraba en el espejo veía mucha carne de más en su cuerpo antes tan flaco, sabía que su fuerza residía en el pelo. Tenía treinta y uno; sin tinte aparentaba muchos más;
con Shangrilá parecería una estudiante universitaria de primer año.
Había un problema: no podía permitirse comprarlo. Y esa prohibición intrínseca le hacía desear con más ganas poseer Shangrilá. Casi sin darse cuenta, se veía escondiendo la caja bajo el abrigo.
Pero le horrorizaba imaginar las consecuencias como que le quitaran la custodia de Isabelita. Se sentía confundida. Deseaba que ese deseo irrefrenable se extinguiera por sí solo. Lo tenía al alcance de la mano y, sin embargo, tan lejos.
2) Shangrilá... Shangri-lá. La tierra de felicidad eterna lejos del mundo exterior.
Para el mundo estoy en paro y sin dinero ahorrado. Me tiembla la mano, pero lo voy a hacer. ¡No! Robar es pecado ante los ojos de Dios. Tengo que volver a la Iglesia. El domingo que viene voy a... ¡Bah! ¿De qué me servirá? Pero aunque lleve muchas capas de ropa, sospecharán. Van a ver el bulto bajo el abrigo y me dirán que pase a esa salita a donde llevan los ladrones. Además pitará. ¿Y si quito la pegatina?
Va a pitar igual, la máquina detecta tanto la presencia como la ausencia de pegatina.
¡Ay qué vergüenza! Lo voy a hacer...¡qué miedo! Ya lo tengo. Le quito la pegatina. Ando tan deprisa como puedo. Noto en la boca el sabor de la sal y el metal, me he mordido los labios. Me pillaran, me pillaran. No, no. La cajera me mira raro, tiene los labios pálidos. Me pregunta...¿qué me ha preguntado? ¡Dios, ayúdame! Me araño la cara, voy a llorar...Oh, ya comprendo lo que me dice. No, no tengo tarjeta.
Sí pagaré en efectivo. Sus ojos...los ojos de la cajera son vidriosos, parece estar soñando.
He conseguido llegar a la calle. Voy a girarme. La cajera me ha seguido con la vista, sabe lo que he hecho y no va a decir nada. Lloro, lloro de alegría; es lo más bonito que han hecho nunca por mí.
Se han usado dos técnicas: en la primera el psicorrelato y en la segunda el monólogo interior narrado.
Etiquetas:
Crisis,
Cuento,
Cuento de Liseydeoz,
Deseo,
El placer de escribir,
Escapismo,
Escritura creativa,
Lugar ideal,
Monólogo interior,
Mundo laboral,
Pensamiento de personaje,
Psicorrelato,
Shangri-la,
Temor,
Utopía
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

















